martes, 8 de enero de 2008

DÍA 1 DEL ENERO I

Nos hemos mirado desde lejos, tanteándonos, husmeando en el aire. A toquecitos de móvil nos hemos rozado de domingo tarde a martes lo mismo. Y te reías desde el otro lado, travieso, diciéndome eso de que los putos Reyes Magos están en la parra, que se habían pasado por tu casa esta mañana, con la cogorza, apestando a jarana, incienso, mirra y otros vicios para dejarte un paquetito con mi nombre. Anda que no... el cuento que le echas...

De mi etapa pringando en La Corte Inglesa tengo la manía de pensar que un buen regalo debe ir bien envuelto, con su pegatina, su papel perfectamente doblado, su celo invisible, su lacito y su dedicatoria. De la etapa infantil que todavía me dura conservo la tradición de hacer regalos sin fecha anunciada, sin mirar la etiqueta del precio, sin dejar de imaginar la cara de agüita, y esto? de quien lo va a recibir. Todo va bien hasta que lo entrego. Se me pone cara de imbécil, suelto la primera sandez que se me ocurre para restarle importancia, magia, al momento. La cago a conciencia, sí.

Recibiendo regalos soy lo puto peor, ya lo has visto. Me sale voz de gaviota al decir gracias. Te he cogido del brazo, camino a casa, como una paloma en un cable a punto de electrificarse. Venga graznidos en el paseo qué bien, de puta madre, joer, qué guay y otras estupideces (y aún ni tan mal que no ha llegado el momento ridículo máximo del universo jopelines, cáspita, es tan molón....).

Mira que no es por quitarle valor al asunto, ni por dárselo, ni por ir de digna ni por ná... es que se me da fatal y no hay manera humana de reaccionar mínimamente bien. Ni de reaccionar a secas.

Siete de la mañana y ocho grados en los termómetros de Madrid, escala Réaumur. El sol lleva dos horas por encima del horizonte, y desde el otro extremo de la ciudad, recortando torres y campanarios, ilumina la fachada de piedra blanca del palacio de Oriente. Llovió por la noche y aún quedan charcos en la plaza, bajo las ruedas y los cascos de tres carruajes de camino, vacíos, que acaban de situarse ante la puerta del Príncipe. El conde Selvático, gran cruz de Carlos III sobre el casacón cortesano, gentilhombre florentino de la servidumbre de la reina Etruria –viuda, hija de los viejos reyes Carlos IV y María Luisa-, se asoma un momento, observa los carruajes y entra de nuevo. Algunos madrileños desocupados, en su mayor parte mujeres, miran con curiosidad. No llegan a una docena, y todos guardan silencio. Uno de los dos centinelas de la puerta está apoyado en su fusil con la bayoneta calada, junto a la garita, indolente. En realidad, esa bayoneta es su única arma efectiva; por órdenes de sus superiores, si cartuchera está vacía. Al escuchar las campanadas de la cercana iglesia de Santa María, el soldado observa de reojo a su compañero, que bosteza. Les queda una hora para salir de guardia.”


Página 13, primer párrafo de “Un día de cólera”, de Arturo Pérez-Reverte.


En la 11...


Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, Sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España


Carta de José Bonaparte a su hermano el Emperador.

Una manera como otra cualquiera de compartir mi regalo sin fines lucrativos de ningún tipo. La única que se me ocurre para este gesto tuyo. Calbalgaltal!!!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

no es por meterme ande no me llaman pero... eso del envoltorio, lacito, dedicatoria y toa la pesca pa presentar un regalo... a ver, lo reconozco: acabo siempre envolviéndolos en papel de plata (papel alval pa los no letrados) por falta de papel de regalo digno, pero el amor y el cariño del regalo es el mismo (lo digo por si alguna vez acaba alguien con un paquete plateao de mi parte que no piense ni que es un chorizo ni que es dejadez. Amén.
La Gaz

Rubén dijo...

Pero qué bien escribes cabrona!!!

Enhorabuena otra vez...