miércoles, 26 de abril de 2017

Fall 2015 - Spring 2017


Fall 2015 (B.D., in memoriam)

El tiempo es una cosa curiosa. Todo depende del momento y el acompañamiento. Oxímoron. Instantes eternos y meses rápidos como parpadeos.

Parece que dentro de un mundo gigantesco con trillones de especies, millones de humanos y miles de personas con las que te cruzas día a día durante el año... parece que no va de un ser humano más o menos. Pero sí.

Falleció B. D. hace dos días. Dejó un cuerpo muy joven y a infinidad de amigos que lo apreciaban. La verdad es que era un tipo entrañable, muy inteligente y muy divertido. Me enteré por FB y ando procesando la información. Tengo una imagen: invierno, descalzo en mi clase, carcajeándose y bostezando a la vez. Recuerdo haberle echado la bronca por no entregarme X y ver cómo se le ponía roja la nariz y le brillaban los ojos. Aquel día me contó algunas historias y varios miedos. Al final de la conversación nos dimos un abrazo corto y rápido pero efectivo. Me quedo con eso. Su último email tenía como asunto "Semestre divertido" y eran seis líneas de agradecimientos en español fechadas a 21 de diciembre de 2015. Lo sé porque lo he comprobado y releído varias veces hoy. "Volveré pronto", dice al principio de la tercera frase. Y yo lloriqueo y moqueo en ese punto, cada vez, y es lo único que puedo hacer sin hacer, sin voluntad.

Hace día y algo que debería haber tenido listas las notas de mis estudiantes de este semestre pero es coger el Pilot verde, sacar los exámenes finales y que se me atrofien los dedos.

Fueron cuatro meses. El tiempo es una cosa muy curiosa.
Y muy injusta.
Y muy puta.









martes, 11 de abril de 2017

Todos conocemos el final ("Tierra de Campos", David Trueba)

 Me encanta amanecer leyendo. Lo de hoy es esto:





todos conocemos el final

Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Es curioso este cuento, porque sabemos el desenlace pero ignoramos el argumento. Somos visionarios y ciegos al mismo tiempo. Sabios y estúpidos. De ahí nace ese malestar que todos compartimos, esa sospecha que nos hace llorar en un día gris, desvelarnos a medianoche o inquietarnos si la espera de un ser querido se alarga. De ahí nace la crueldad desmedida y la bondad inesperada de los humanos.  De ahí nace todo, de conocer el final pero no el cuento. Extrañas reglas de juego que ningún niño aceptaría. Ellos piden que no les cuentes el final. Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del cuento.

Hay un  coche de muertos a la puerta de casa

Papá, y la palabra resonaba al fondo de la cueva de mis recuerdos. Papá, y era mi voz. Papá, despierta, y luego era la voz de mis hijos. Oto, vamos, despierta. Yo dormía. Y cuando duermes te sumerges en un pozo oscuro y profundo donde el tiempo es todos los tiempos acumulados. Eres entonces el niño y el adulto, todo un yo completo sin transcurso, soy Dani Mosca en trescientos sesenta grados a la redonda. Despertar es situarte en el lugar indicado del calendario, volver a la marca. Pierdes entonces el privilegio de abrazar fantasmas, de desplazarte por la autopista invisible de los sueños, donde nadie te multa porque no está limitada la velocidad y las indicaciones llevan a ninguna parte y a todas partes.

Y en la mejilla los besos de mi hijo. Ryo seguía besándome sin importarle cumplir años. Tenía nueve y daba besos de nueve años, dulces, húmedos, largos. Maya se sentó en el colchón, noté su peso cerca de los pies. Ya no me besaba tanto. Para ella los besos empezaban a ser cosa de niños.  Y no hay cosa que más deteste una niña de doce años que las cosas de niños. ¿Por qué sucede siempre así, que uno de niño tiene prisa por hacerse mayor? El verano pasado miré a mis hijos jugar felices con la arena de la playa  y pensé: ¿cuándo dejamos de hacer castillos al borde del mar?¿cuándo cometemos ese error? ¿Cuándo aceptamos la petulancia de que eso es cosa de niños? A lo mejor nunca dejamos de hacer castillos de arena al borde del agua, solo que ya no los llamamos así. Igual que por ser padres no dejamos de ser hijos.

Debían de ser las siete y media cuando me metí en la cama, en toda una declaración de que esa mañana  no iba conmigo. Y, apenas cerrar los ojos, mis hijos al oído. Oto, Oto. Cuando están cariñosos mis hijos me llaman Oto, que es la palabra japonesa para decir papá. Duermen al otro lado del jardín, en la casa, que ahora es la casa de Kei y de ellos, y que fue nuestra casa. Yo acabé viviendo en el estudio, separado, al otro lado del patio frondoso, como un invitado de larga estancia. Cuando los bohemios os divorciáis tenéis etas cosas, me dijo Petru, que es un rumano castizo y tatuado al que recurrimos para cualquier reparación. Él instaló la ducha en el estudio, la diminuta cocina, y abrió hueco para meter mi nueva cama y crear un espacio íntimo, aislado del resto de las máquinas, la mesa de mezclas, el ordenador, el teclado, las guitarras, los cables. Donde vivo.

Bohemio es una palabra que ya nadie usa, pero es perfecta para definir a quien regresa pasadas ya las siete de la mañana y se echa a dormir en un estudio de sonido sobre un futón que no levanta ni cuarenta centímetros del suelo. Ludivina, tan rumana como Petru,  nunca dejaba a los niños durante las vacaciones escolares cruzar a mi estudio antes de que yo diera signos de estar ya despierto. Pero ella no decía que yo era un bohemio. Ella me justificaba. Sabía que un hombre solo es como una pelota sin dueño.

Kei andaba de conciertos y no regresaría hasta el martes. Pero la cuestión era saber a qué día estábamos. Finales de julio, eso seguro. Cuando hay colegio, Ludivina les prepara el desayuno y los envía a despertarme. En agosto se irían a Japón, con su madre, para pasar veinte días con los abuelos en Okinawa, en las playas de Motobu, y a mí me gustaba disfrutarlos ante la perspectiva cercana de su ausencia. Ludivina nos ayuda con los niños desde hace años y se permite confidencias como asegurarme que un día Kei me lo perdonará todo y yo podré volver a cruzar el jardín e instalarme en casa de nuevo.

Nacho, que toca el saxo y se suele ocupar de los arreglos de la sección de vientos en nuestras grabaciones, dice que quien lleva a  los niños al colegio por la mañana es un puto esclavo. Pero se equivoca. Por la mañana los niños están  frescos, recién regados.  A Kei le espanta madrugar y prefiere que sea yo el que los lleve. Sabe que yo me despierto temprano, que ya nunca duermo como antes. Tengo miedo a dormir demasiado seguido, demasiado profundo.

A mi hija Maya le resulta trágico llegar tarde al colegio, así que a veces tomamos un taxi para ese trayecto que a pie no lleva más de quince minutos. A Ryo le gustan los taxis, sobre todo si llevan bandera de España colgada en el retrovisor.  A los niños le encantan las rutinas, decir y hacer las mismas cosas siempre, puede que tenga que ver con su pánico a lo imprevisible. Cuando Ryo ve a un taxista con la bandera le gusta que yo le explique el mismo cuento.

Es la historia de un taxista que lleva muchas horas al volante y de pronto ha olvidado dónde está, qué ciudad es ésta y hasta quién es él y en qué trabaja. Entonces mira al asiento de los pasajeros y los ve a a ellos, a Maya y a Ryo, a dos niños japoneses, y alarmado piensa que está en Japón, y el tipo no tiene ni idea de decir una sola palabra en japonés, entonces se agobia, porque nada agobia más a un español que dejar de serlo y de pronto, zas, ve la bandera colgada del retrovisor y se dice ah, sí, soy español, ufff, qué alivio. Este cuento, que explica por qué los taxistas llevan la bandera española colgada del retrovisor, se lo tenía que contar a Ryo en cada ocasión.. Le bastaba con señalar la banderita para exigírmelo. Yo lo contaba muy bajito para que los conductores no lo oyeran, aunque a veces por las risas de mi hijo trataban de enterarse de lo que hablábamos.

Me gusta imaginar a mis hijos cuando sean mayores. Ojalá no les desaparezca  nunca del todo la cara de niños. Son tristes las personas a las que no se les puede adivinar la cara del niño que fueron, y más triste aún esos niños que ya tienen la cara del adulto que serán.


"Tierra de Campos", David Trueba

jueves, 30 de marzo de 2017

Picasso 1 - Ian 0 -Tita puff



Le había prometido a Ian que nos veríamos hoy en el museo Picasso. Él se lo había explicado estos últimos días a Yolanda tan emocionado que le han tenido que recordar esta mañana que no se podía soltar de la fila para darle un beso a la Tita, ni pararse para hablar, ni nada. Si me veía, podía saludarme de lejos. Y ya. OK.

He salido de mi clase y he trotado hasta allí pensando que lo encontraría en la entrada de grupos. Pero no. He sacado mi carnet de docente y, ya dentro, le he contado al primer uniformado que he visto que, como profesora, estaba interesada en hacer alguna actividad en el museo con mi centro y le he pedido que me indicara el recorrido de los tours infantiles. Sin pensárselo ni dos segundos me ha respondido formalmente:

- Debo admitir que no hay, como tales, visitas preparadas exclusivamente para niños. Es una carencia de este museo de la que somos conscientes y en la que estamos trabajando.

Le he dado las gracias y me he ido a recorrer el museo a ciegas buscando a Ian. He descubierto a cinco grupos infantiles pero ninguno incluía a mi sobrino. Me ha parecido una buena idea dar vueltas por las instalaciones del museo y hacer tiempo hasta encontrarlo.

A la segunda vuelta, el muchacho uniformado me ha parado para ofrecerme gratuitamente una audioguía y así determinar si sería adecuada para mis estudiantes. A la tercera vuelta me ha sorprendido dándome un papelito con el número de teléfono de la persona que lleva las visitas de colegios, asegurándome que ella podría darme más información sobre el edificio anexo al que llevan a los niños para hacer actividades didácticas relacionadas con el arte.

En la cuarta o quinta vuelta me he encontrado a un grupo de mi propia escuela. Bochorno disimulado. He saludado en plan Letizia de incógnito y he salido a investigar las entradas y la ubicación del edificio secreto dedicado a la didáctica. He hablado con un señor de seguridad que parecía un pelín molesto con mi tentativa de cruzar la acera sin señalizar de ninguna manera que hay entre los dos edificios. Le he enseñado el carnet de docente y me ha soltado que estaba invadiendo una propiedad privada. He valorado rápido pero profundamente el soltarle un zasca demoledor y, al final, he acabado tomándome un café pacíficamente en la plaza que hay frentre a los dos edificios. Nos hemos estado mirando de lejos un buen rato. He constatado que trata igual a cualquier paseante. He reconfirmado, también, que no hay ninguna señal que prohíba el paso en esa zona.

En Barcelona hoy es verano y los guiris van en tirantes y sandalias (¡¡sin calcetines!!). Yo me he quitado la chaqueta, luego el jersey y he acabado arremangándome y sudando a lo loco recorriendo por última vez el museo y varias veces el parque de la Ciudadela y parquecitos aledaños. Sin suerte.

He hablado con Ian hace unos minutos. Él tampoco entiende cómo no nos hemos visto hoy y me lo ha repetido en bucle gracias a la conexión de mi teléfono. Mofletes y antebrazos colorados. Sobrino descontento/indignado.

Historia de cómo un jueves empieza tirando a muy bien y acaba en bluff. 

martes, 28 de marzo de 2017

Buenos días, Rusia



Resulta que este blog ha superado las 30.000 visitas. Yo no lo he asimilado todavía y, justo por eso, he empezado a investigar en un ratín libre y he llegado a varias conclusiones:


1. ¿Quién se ha ido a Rusia con el frío que hace allí y no me ha avisado? Es el tercer país con más visitas de este blog y, lo confieso, estoy muy muy muy intrigada. Manifiéstate, persona rusa, y te invito a unas cañas cuando quieras. De Togo tuve una visita el mes pasado y está más que invitad@ a lo que quiera, faltaría más.

2. Love of lesbian, Egon Soda, Iván Ferreiro y Mi Capitán han sido un cebo bastante potente, sin pretenderlo ni ellos ni yo. Parece ser que hay quien llega hasta aquí para leer la letra de tal o cual canción (¿?) Bienvenidos todos y gracias a los autores, claro.

3. Lo tengo abandonado, pobre. Es que estoy a otras cosas, niños. ¿Qué cosas?  -preguntaréis-. Pues cosas mías (maicosas, JA!) que no se deben poner por escrito porque o son horriblemente aburridas (tipo el Richard me hace mal los verbos irregulares y he llegado a pensar que me odia profundamente y que, quizá por eso, a mí tampoco me cae muy bien aunque, no sé, lo mismo soy yo que tengo tendencia al drama y el niño está encantado con lo que ha aprendido, que no se le ve sufrir ni se queja ni Zzzzzz...zzzz... ), o cero relevantes (véase: tengo que teclear un documento para mañana que explique como hacer la @ en el teclado qwert europeo y que sea entendible para los otros continentes. Apasionante. ) o, directamente, estúpida y divinamente surrealistas (por ejemplo: me he comprado un par de piedras para calibrar energías y no creo mucho en ellas pero me las compro y me las meto en el bolsillo que algo harán). Un saludo desde aquí al Richard, a quien inventó la arroba y la vendió en España como Ctrl+Alt+2 y, of course, a Neus (A.K.A. Cuarso Roza).









4. Los Zoan son lo más y, lo son tanto, que han conseguido hacerme parecer humana. Flípalo. En serio, me sonríe/habla/besuquea gente que no conozco porque soy LA TITA.  Es curioso cómo cambia la percepción de la gente y la nuestra hacia nosotros mismos con el tiempo, ¿no? Como quiero que Zoe aprenda a expresarse amablemente con el resto del mundo, empiezo yo y le doy ejemplo. ¿Me apetece darle una colleja a la niña rubia que, sistemáticamente, le quita los juguetes y la araña? Pues claro que sí, pero no. Todo el mundo a respirar y a equilibrar situaciones, reacciones y consecuencias.

5. Escribir de nuevo en papel se está notando aquí. Lo de la tinta y la hoja en blanco tiene mala prensa pero cunde. Me siento más libre a la hora de expresarme. No hay público ni constancia de mis letras y eso está muy bien. Puedo escribir, por ejemplo: "La rubia me intenta torear cuando me dice X, Z e Y... quiere tangarme, la hdp... "  sin pensar en que el contexto es demasiado evidente, sin arriesgarme a lo loco. En privado pongo nombres y hasta apellidos. Se queda uno muy a gusto soltando lo que sea sin activar el filtro. Se camina luego con más ligereza. No estoy en el punto de la escritura automática PERO.

6. Mil gracias a todas las personas que visitaron este blog por voluntad propia. Más agradecimientos a quienes escribieron comentarios y los dejaron por aquí o en FB o los hicieron en persona. Supongo que este 2017 me dará como para publicar (de escribir de manera pública) algunas cositas de los Zoan, uno o dos textos de "Hacienda me roba" y otro par de "La rubia y sus pajas mentales". A corto/medio plazo haré, como casi siempre, lo que me salga del ñoco. A largo plazo, también.

Un abrazo, leyentes ;-)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

MAMIHLAPINATAPAI (11 días)


¿Te suena lo de mirar la mochila por el rabillo del ojo y encontrar siempre una excusa para no colgártela al hombro? -... el peine, el candado, los calcetines...- Tengo varios másters en el tema. Los es que... son mi especialidad. En realidad, debería estar dando clases sobre esto. 
¿Te han contado alguna vez el momento histórico en que se batió el récord de natación estilo Perrete en Apuros? Probablemente no. Estoy en ello. Dame tiempo.
¿Sabes eso de pensar que no puedes más y, aún y así, nadar otro par de piscinas? Se trata, casi siempre, de la popular vergüenza torera; "Con los pulmones en la mano, te prometo que no abandonaré el gimnasio municipal antes que la yaya del carril lento". No tengo los dedos cruzados y sé que no vale ni echar el rato en las burbujitas ni tardar más en el vestidor. Por los Zoan, primo.
Hoy he ido a la piscina. En serio. Ido, ido. De meterme y todo el rollo. Le he mandado una foto a mi madre por aquello de que ya empezaba a ponerse en plan madre madre y a decirme cosas del tipo:  "¿Estás patrocinando el gimnasio o qué? Llevas ya X días apuntada y aún no te han visto el pelo... porque hoy tampoco, ¿verdad? Busca un rato, mujer, que te va a ir muy bien y tu padre ha comprado un jamón que nos va a durar dos Navidades y eso hay que comérselo, no se va a tirar ni a echar a perder...". Exacto, de ESE palo. 
Total que, dos horas más tarde, al salir del infier- del gimnasio, me encuentro dos mensajes de whatsapp de la ínclita. Tal cual: 
1. "Ánimo campeona"
2. "Esa es mi chica"
Y, claro, una se viene arriba y se siente protagonista de una peli mala y cutrona de Antena 3 los domingos, de esas de mucho drama y mucha superación personal. Lo leía en los vestuarios y, lo confieso, ha sido un chascazo al salir. Me esperaba un aplauso de esos que empieza lento -las compis de vestuario, por ejemplo, pioneras aplaudiéndome mientras me sacaba el gorro- y que iría creciendo a medida que iba llegando a la puerta de salida... Los recepcionistas, después los de las pistas de baloncesto, los del parque... Plas, plas, PLAS PLAS enfebrecido al final. Vítores. Selfies con la chavalada. Locura colectiva.
Pero no. Nada de nada. Un abuelo insistiéndome en que los trámites policiales se hacen justo en la puerta de al lado del centro deportivo -pasando absolutamente de mi chándal, mi mochila y mi tez enrojecida por la saun... EL DEPORTE-, un par de guásaps de coleguitas carcajeándose de mi gran hazaña... y ya. 
Conclusiones del día:
- Hacerte un peeling en los pies no es una buena idea si pretendes hacer amigos en la piscina o en los vestuarios. Dejar un reguero de pielecillas sería una idea aceptable en la versión moderna y gore de Hansel y Gretel pero seguiría siendo muy desagradable de ver/imaginar. 
- El Deporte en medio acuático es buenísimo para la espalda y 9 de cada 10 médicos de cabecera lo recomiendan por ser el más completo. 9 de cada 10 deportistas acuáticos te dirán que sí, que nadar les sienta fenomenal y, también, que odian profundamente cuando se les mete agua en el oído y la sensación de tener cloro pegado en la parte interior de los párpados. Deberían de posicionarse mis compañeros deportistas acuáticos al respecto de los goterones ardiendo que caen a traición del techo en la sauna de vapor y del preocupante pestuzo a -¿menta? ¿eucalipto?- HIERBAJOS de la misma instalación.  
- El mediodía es perfecto para no comerte talones, ni llevarte mandobles a casa, ni echar espumarajos por la boca con los gritos adorables de los querubines acelerados que saturan las piscinas a lo largo de la mañana.
- El gel de las ecografías no reacciona negativamente al contacto con el agua de la piscina.
- Teoría no confirmada: en duchas abiertas, la gente deja que corra el agua, no por una cuestión de poco respeto al medio ambiente, sino por  protección, como escudo entre su cuerpo y los ojos de los que pasan y miran.
- Complejos: a.) Los pelos no se ven bajo el agua. b.) Las abuelas sin las gafas del cerca son igual que tú con las gafas de piscina. c.) A nadie le importan una puta mierda tus tetas... y eso, en ese contexto, es bueno.
- Siento como si me hubiera tomado 10 americanos y sólo llevo dos. En algún momento llegará la bajona. Me pongo de deberes anotar cómo evoluciona esta sensación. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

QUERER (y) ENAMORARSE



La primera vez que me enamoré  fue, con cuatro o cinco años, de O., un compañero de guardería. Eso dice la Yaya, o sea, mi madre. Según cuenta, me pasaba el día embobada mirándolo, sacaba la cara por él cuando el Jonathan -el pelirrojo- le cascaba y confesaba mis sentimientos alegremente, sin que nadie me preguntara. Lo único que yo recuerdo de aquello es ir con mi madre a la juguetería que había a una calle de casa y que llevaban los del ático porque era el cumpleaños de O. y ponerme muy pero que muy pesada para que le comprara a O. un avión con ruedas que me parecía lo más. Perdí su pista pronto y no lo eché de menos. Sé que tiene un par de churumbeles porque en ese sitio, todo se sabe.

La segunda vez que me enamoré fue de D.F.P., un chico de mi clase de E.G.B. que llegó en 2º o 3ª. Hasta 8º anduvimos observándonos de lejos. Yo sabía lo justito de él y él todavía menos de mí. Nos despedimos con un abrazo y eso -la proximidad física- ya me pareció un gran qué. Vivió durante un tiempo cerca de mis padres y supe de algunas de sus historias románticas y que había sido padre. Nunca más lo vi.

La tercera vez que me enamoré fue de P., un tipo del instituto, amigo común de otros amigos. De él recuerdo mucho más porque, a pesar de los off y on, la tontería se prolongó en el tiempo. Me acuerdo de él y su pelo larguísimo subiendo al autobús que los llevaba a Italia (que es otro país pero parecía otro continente entonces), de sentarme en su regazo una noche antes de salir a celebrar las fiestas de El Prat (cuando aún no tenía desarrollada la boviscopofobia al nivel actual), de una conversación muy dramática en el parque del Blau y de montones de clicks a lo largo de los años. Me enamoré de él y, además, lo quise después. Y mucho.

La primera vez que yo quise a alguien conscientemente me pilló por sorpresa. Se llamaba J. y había sido novio de una "amiga". Ocurrió sin más, otra vez a finales de septiembre, repartido el inicio entre el aeropuerto, los fingers y la tienda de chuminadas en la que yo trabajaba mientras empapuzaba helado y muffins. Coincidió que se juntaron la química, las ganas, la curiosidad y la casualidad. Cinco años después nos separamos y seguimos hablando a día de hoy, de cuando en cuando. De esa experiencia me quedo con la idea de que J. está para mí y yo para él, más de diez años después. A diferencia de cuando estábamos juntos, ahora hablamos en ocasiones contadas pero muy bien, desde un amor del bueno cargado de gratitud y confianza por ambas partes.. Feliz de oírle feliz.

La cuarta vez que me enamoré fue de G. y fue un despropósito de principio a fin pero sirvió para que yo diera un paso más allá. G. fue el primer tipo adulto en enseñarme a protegerme de mis deseos. Con él aprendí a ser práctica y a perder la vergüenza, a caminar por Madrid como si hubiera nacido allí, a exigirle a la recepcionista algo parecido a lo que salía en la foto y a arrastrar como si nada una maleta para abrirla dos veces en tres días. De él también vinieron las primeras disputas entre cuerpo y alma corazón/loquesea. Algo es algo.

La segunda vez que yo quise a alguien conscientemente estaba cantado. Había estado enamorada de P. de adolescente y, lo que empezó a principios de verano como un experimento entre un par de buenos amigos que jugaban a darse cariño, acabó cinco o seis años más tarde con mucho drama x2 y el triple de traumas. De aquella época aprendí que "Te quiero" significa muchas cosas y no todas bonitas, que Disney debería pagar por la alarmante cantidad de relaciones nocivas que hay y se piensan idílicas, que los padres son los Reyes Magos (SS.MM.), que el equilibrio es importante, que la mentira es el camino más fácil y el más chungo, que el respeto que ganas hoy tienes que volver a ganártelo mañana, y que, por más que cueste, aunque nos hayamos acostumbrado (principalmente por eso) hay que ponerle un final al ritual caníbal. La última vez que hablamos me sorprendió escucharlo tan de lejos.

Mis amigos no sólo no se preocupan sino que se descojonan cuando les digo que yo ya no tengo corazón, que no me queda, que ahora tengo patata. A mí, honestamente, me da cosa por aquello de que mis amistades no me tomen en serio y se partan la caja cerca de mí (que diría T. Blanco) sin que yo mueva un puto músculo facial. Menos risas, cabritos, que la patata está viva y apunta en almidón ahora que la Zoe ha aprendido, por fin, a decir "Tita" cuando me ve o me escucha. Tiene, de momento, dos tonos: el enfaducado y el amoroso. En el primer estado es como una de esas cabrillas que hace que se desmaya. En el segundo, es como un híbrido entre perezoso y koala. No podemos pedirle más a una criatura de menos de dos años. El Ian, desde que es hermano mayor, está más creativo:

- OOOaaak -onomatopeya de eructo liberado directa y felizmente en la cara de su progenitora.
- ¡Ian, jo, que me lo he comido! - dice su madre, molesta.
- Pues así ya no tienes que cenar - responde él inocente, sin un ápice de ironía, tan pancho.

Un artista, ya os digo.


A menos de un mes de cumplir 37 me doy cuenta de que todo se ha ido acelerando últimamente. Ha habido algunos enamoriscamientos y eso de "querer" ha mutado de tal manera que, a día de hoy, -alehop- quiero más, a más y mejor.  Lo escribo como si nada pero tengo la misma cara que el Ian cuando descubrió que fúbol se dice /fútbol/ en inglés también.


lunes, 7 de noviembre de 2016

CASA, ahora vivo aquí



Hace ya tanto que vivo aquí que, si ahora mismo se me apareciera un familiar de ET o ET himself, acertaría a decir "Mi casa". Acojonada pero segurísima.

El aire acondicionado y yo llevamos ya bastante peleados. Las paredes, con el tiempo, se han vuelto de color sepia.  En la foto no se ven pero hay grietas por todos lados, telarañas en algunas esquinas, polvo por tooodas partes y manchurrones con aroma de calabacín en el techo, a la entrada.

El final siempre va detrás de los principios. El orden nos salva del caos y, sólo por eso, ya hay que agradecerlo con o sin champagne, con o sin solaris tuyo, mío, para uno, para todos los dormilones... ¡invita la casa!




LE ECHAS DE MENOS (Pedro Simón)




    Le tienes delante y le echas de menos. Cuando no sabía escribir. Cuando se ponía de puntillas y sólo te llegaba hasta aquí de alto: justo a la altura del pecho. Cuando decía «'ranaceronte'» y «'nesecitar'». Cuando te tenía por alguien de fiar, por el mejor padre del rellano, por la mejor madre de la oficina, por un Jedi en vaqueros. Cuando le tirabas tiros con la pelota de espuma en el sofá del salón para que se hiciera palomitas y daba igual que se rompiera un jarrón. Porque él se rompía de risa.

    Le tienes delante y le echas de menos. Cuando te ametrallaba preguntando «¿por qué?» -durante cuatro horas seguidas, cabezón, como un Mourinho chiquitito- y no se conformaba con la pólvora de tu silencio. Cuando te venía en pijama con un cuento y te lo ponía encima como un recién parido. Sin preguntas. Porque entonces tú ya sabías. Cuando la vida era un grito y un desorden y unos cereales en concreto y una O con el rabito mal hecho y una lucha libre en la cama y un olor a Nenuco y un rayajo en la pared y tres termómetros perdidos en un solo mes y el Dalsy nocturno y siete colecciones de cromos sin terminar y un gorrito de baño como de muñeco y fin.

    Echas de menos sus rodillas sucias y que las tuyas no crujan. Echas de menos las cosquillas a traición y los sustos pactados. Echas de menos sus regalos horribles: el marco con pinzas de la ropa que no hubo huevos a colgar; un collar de garbanzos que parecía un rosario; aquel colgante-mariposa para el retrovisor que te tapaba media carretera. Echas de menos que ya se vaya acabando esto. Que hayan bajado la música. Que vayan apagando las luces. Echas de menos más.

    Le tienes delante. Míralo, sigue siendo un mocoso, todavía no ha tirado los peluches, si te esfuerzas con una buena historia todavía se caga de miedo. Pero le echas de menos. (...)

    En 'El Mago', el académico argentino Isidoro Blaisten -que fue fotógrafo de niños y decía que para escribir bien necesitaba tener cerca una espada de Sandokán de juguete- explicó mejor que nadie la pérdida que lleva aparejado el final de la infancia. En una sola frase: «Sólo los niños creen. Pero los niños crecen».

    Una casa con hijos mayores o en el trance de serlo es una casa donde se va creyendo menos. Se empieza dejando de creer en el Ratoncito Pérez y se termina descreyendo de todo lo demás.
«A veces quisiera regresar al preciso instante donde mis padres aún eran esos seres increíbles que todo lo podían», sigue Blaisten. «Mi madre desaparecía monstruos y brujas, mi padre construía castillos para mis muñecas y creaba de servilletas miles de mundos extraños y desconocidos. Pero después crecí y dejé de creer».

    Así que aquí estamos en el puerto algunos padres, muchos de cuarenta y tantos. Resignados con el viaje. Viendo partir un barco. Botando un hijo. Como ese familiar pesado que agita un pañuelo en el trance de la despedida. Como ese viejo amigo que se va a tener que conformar con recibir una postal de cuando en cuando. Cada vez más corta. Con una letra cada vez más extraña. Con un remite cada vez más lejano.

    Le tienes delante esta mañana de sábado. O de frente. O detrás. O al otro lado de esa vieja mesa de distancias kilométricas. Si estiras el brazo podrías tocarle. Y sin embargo le echas de menos.

Pedro Simón
http://www.elmundo.es/opinion/2016/02/27/56d0ab76268e3eb57f8b45c5.html

lunes, 24 de octubre de 2016

LA BÚSQUEDA DEL TESORO



Con esta cutrada, amigos, a Ian se le pasó media mañana de sábado lluvioso en un plis plas -con lo que cuesta levantarse un festivo- y aún le dura el subidón hoy lunes.

Se fue su padre a sacar a la Xena y volvió con el mapa del tesoro y una carta. No hacía falta vestir de etiqueta. En realidad no hacía falta nada más que ganas de jugar. Mira qué fácil. Y ahí nos lanzamos todos, los cinco, a lo que fuera. Saltamos a la pata coja, contamos hasta 20, rebuscamos en los cajones, imitamos animales, desafinamos con la mejor intención, garabateamos, nos sacamos fotos y, al final, vimos lo de cada día con otros ojos.

El tesoro -porque había un tesoro que buscar, como en toda aventura que se precie- se encontró y se disfrutó mucho. Las piruletas de menta, un poco menos. Lo que más, para el Ian, fue el mapa en sí mismo. Lo que más, para la Zoe, fue el fantasma que hacía ruidos que no daban miedo y que entendió como un micrófono al que cantarle sus baladas.


Y ahora vienen las preguntas, Zoan adultos: ¿cuánto hace que no buscáis un tesoro así? ¿Qué es un tesoro para vosotros? ¿Tenéis mapa? ¿Qué tal andáis de compañía?

Como adulta que soy y como adulta que trabaja con otros adultos veo -a menudo, por desgracia- cómo algunas personas crecen y se olvidan de los tesoros hasta el punto de menospreciarlos. Los reconoceréis porque son esos que se quedan callados o sentencian a la mínima señalando con el dedo al resto. En general, coinciden en tener mirada de "peix bullit" (pescado hervido) y en su nula capacidad a la hora de expresar emociones naturalmente. Sí, suelen ser los mismos que murmuran "Tesoro ni tesoro, maldita necia.. Con el día que llevo..." Correcto, esos que leen blasfemando "¿Qué mierdas se ha tomado esta pánfila? ¿Estaban de oferta los libros de autoayuda?" El insulto es fácil y gratuito. Vayamos más allá... ¿y lo bien que me quedan los puteos de P3?

Ahora de verdad. Estamos cansados/reventados/extenuados/cabreados. Lo vemos chungo/jodido/negro/imposible. ¿Me lo cuentas o me lo dices? ¿Y? ¿Nos conformamos con eso? ¿En serio?  Ni de coña. Si todos hemos hecho las cosas bien hasta el día de hoy, vosotros -lectores, Zoan- andaréis buscando o creando algún tesoro. De eso va todo, ¿no?

¡Viva la búsqueda! Ojalá la sigáis disfrutando, niños de hoy. ¡Ojos de búho bien abiertos!

Hablo por mí cuando digo que todo nos lleva a casa.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Fantilador (de "Escrito en papelotes")


Cuatro días hace de esta foto. En serio. CUATRO. PUTOS. DÍAS. Top 3 de lo mejor de esta estación que está por acabar (en orden aleatorio):

- Playa a primera hora de la mañana infiltrada entre personas de la tercera edad madrugadoras que fardan de experiencia vital. Sé que les da por el culo un poco (bastante tirando a mucho o a mogollón) tenerme cerca porque les rompo sus trincheras en primera fila de mar. No voy a tomar en cuenta que me llamen SEÑORA (a mí, que casi me doblan en edad y les saludo y les sonrío siempre amablemente a pesar de la hora) porque es lo que les gustaría - cabrearme- Y NO. Dientes, dientes, que es lo que les jode.  Me miro al espejo y veo cómo se difuminan las marcas del bikini. Puta bida, tete. 

- La Zoe aprendiendo a andar y el Ian a levantar las cejas. Tan frustrante para ellos como hilarante para mí. Sus preguntas, sus excursiones, sus carcajadas, sus travesuras, sus mimos, sus ojazos gigantes siempre atentos. LA. PUTA. VIDA. Ya, vale, que no es novedad, que desde que soy Tita blablablablbalbalblalaslblañalksdflakshkjkdd. Que os peten.

- Cafeles y terraceos con mi marido y mi mujer. Reventados, contracturados, de baja, sin comer, medio pallá, melapelistas, milenaristas (de los de Arrabal), pollitos, feministas, encabronados, amamonados, de turisteo, moñosos... Sabiendo como sabemos que nos adoramos a muerte, hasta el bochorno es un poco más llevable estemos en el estado que toque.



Cambio de aires y todavía más calor. De tramontana a galerna en un visto y no visto. Vuelvo a las clases. Claro. ¿Adónde si no? Allí reaprendo a estar tó loker (o lórker, que es más poético), y me entero de que a Laura la tienen fritanga a base de preguntas que ni el GPS, que al Juli le picó una medusa en Madrid y a no sé quién una vez le atacó un coche. Como colofón al drama y al lokerismo que nos posee, un estudiante dice que quiere comprarse un fantilador y consigue que tres personas (en teoría totalmente cabales, en la práctica un poco menos) le den vueltas al palabro y acaben discutiendo sobre la conveniencia o no de adaptarlo a nuestro corpus lingüístico individual.

Los cotorreos, las reuniones, los mails, las llamadas, las quedadas, las sobradas, las ausencias, los mensajes, etc. nos llevan al tuit final.



Estaba mirando el armario (vale, la butaca de mi dormitorio) y me han dado unas ganas tremendas de sacar los abrigos y las mantas y taparme hasta la nariz. El deseo ha durado lo que he tardado en apagar el aire acondicionado y abrir la ventana. ¿Será esto el infierno? ¿Será el calentamiento global? ¿Será que de un verano a otro se nos olvida sudar sin blasfemar?

Campana y se acabó.

("Escrito en papelotes")