miércoles, 16 de noviembre de 2016

MAMIHLAPINATAPAI (11 días)


¿Te suena lo de mirar la mochila por el rabillo del ojo y encontrar siempre una excusa para no colgártela al hombro? -... el peine, el candado, los calcetines...- Tengo varios másters en el tema. Los es que... son mi especialidad. En realidad, debería estar dando clases sobre esto. 
¿Te han contado alguna vez el momento histórico en que se batió el récord de natación estilo Perrete en Apuros? Probablemente no. Estoy en ello. Dame tiempo.
¿Sabes eso de pensar que no puedes más y, aún y así, nadar otro par de piscinas? Se trata, casi siempre, de la popular vergüenza torera; "Con los pulmones en la mano, te prometo que no abandonaré el gimnasio municipal antes que la yaya del carril lento". No tengo los dedos cruzados y sé que no vale ni echar el rato en las burbujitas ni tardar más en el vestidor. Por los Zoan, primo.
Hoy he ido a la piscina. En serio. Ido, ido. De meterme y todo el rollo. Le he mandado una foto a mi madre por aquello de que ya empezaba a ponerse en plan madre madre y a decirme cosas del tipo:  "¿Estás patrocinando el gimnasio o qué? Llevas ya X días apuntada y aún no te han visto el pelo... porque hoy tampoco, ¿verdad? Busca un rato, mujer, que te va a ir muy bien y tu padre ha comprado un jamón que nos va a durar dos Navidades y eso hay que comérselo, no se va a tirar ni a echar a perder...". Exacto, de ESE palo. 
Total que, dos horas más tarde, al salir del infier- del gimnasio, me encuentro dos mensajes de whatsapp de la ínclita. Tal cual: 
1. "Ánimo campeona"
2. "Esa es mi chica"
Y, claro, una se viene arriba y se siente protagonista de una peli mala y cutrona de Antena 3 los domingos, de esas de mucho drama y mucha superación personal. Lo leía en los vestuarios y, lo confieso, ha sido un chascazo al salir. Me esperaba un aplauso de esos que empieza lento -las compis de vestuario, por ejemplo, pioneras aplaudiéndome mientras me sacaba el gorro- y que iría creciendo a medida que iba llegando a la puerta de salida... Los recepcionistas, después los de las pistas de baloncesto, los del parque... Plas, plas, PLAS PLAS enfebrecido al final. Vítores. Selfies con la chavalada. Locura colectiva.
Pero no. Nada de nada. Un abuelo insistiéndome en que los trámites policiales se hacen justo en la puerta de al lado del centro deportivo -pasando absolutamente de mi chándal, mi mochila y mi tez enrojecida por la saun... EL DEPORTE-, un par de guásaps de coleguitas carcajeándose de mi gran hazaña... y ya. 
Conclusiones del día:
- Hacerte un peeling en los pies no es una buena idea si pretendes hacer amigos en la piscina o en los vestuarios. Dejar un reguero de pielecillas sería una idea aceptable en la versión moderna y gore de Hansel y Gretel pero seguiría siendo muy desagradable de ver/imaginar. 
- El Deporte en medio acuático es buenísimo para la espalda y 9 de cada 10 médicos de cabecera lo recomiendan por ser el más completo. 9 de cada 10 deportistas acuáticos te dirán que sí, que nadar les sienta fenomenal y, también, que odian profundamente cuando se les mete agua en el oído y la sensación de tener cloro pegado en la parte interior de los párpados. Deberían de posicionarse mis compañeros deportistas acuáticos al respecto de los goterones ardiendo que caen a traición del techo en la sauna de vapor y del preocupante pestuzo a -¿menta? ¿eucalipto?- HIERBAJOS de la misma instalación.  
- El mediodía es perfecto para no comerte talones, ni llevarte mandobles a casa, ni echar espumarajos por la boca con los gritos adorables de los querubines acelerados que saturan las piscinas a lo largo de la mañana.
- El gel de las ecografías no reacciona negativamente al contacto con el agua de la piscina.
- Teoría no confirmada: en duchas abiertas, la gente deja que corra el agua, no por una cuestión de poco respeto al medio ambiente, sino por  protección, como escudo entre su cuerpo y los ojos de los que pasan y miran.
- Complejos: a.) Los pelos no se ven bajo el agua. b.) Las abuelas sin las gafas del cerca son igual que tú con las gafas de piscina. c.) A nadie le importan una puta mierda tus tetas... y eso, en ese contexto, es bueno.
- Siento como si me hubiera tomado 10 americanos y sólo llevo dos. En algún momento llegará la bajona. Me pongo de deberes anotar cómo evoluciona esta sensación. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

QUERER (y) ENAMORARSE



La primera vez que me enamoré  fue, con cuatro o cinco años, de O., un compañero de guardería. Eso dice la Yaya, o sea, mi madre. Según cuenta, me pasaba el día embobada mirándolo, sacaba la cara por él cuando el Jonathan -el pelirrojo- le cascaba y confesaba mis sentimientos alegremente, sin que nadie me preguntara. Lo único que yo recuerdo de aquello es ir con mi madre a la juguetería que había a una calle de casa y que llevaban los del ático porque era el cumpleaños de O. y ponerme muy pero que muy pesada para que le comprara a O. un avión con ruedas que me parecía lo más. Perdí su pista pronto y no lo eché de menos. Sé que tiene un par de churumbeles porque en ese sitio, todo se sabe.

La segunda vez que me enamoré fue de D.F.P., un chico de mi clase de E.G.B. que llegó en 2º o 3ª. Hasta 8º anduvimos observándonos de lejos. Yo sabía lo justito de él y él todavía menos de mí. Nos despedimos con un abrazo y eso -la proximidad física- ya me pareció un gran qué. Vivió durante un tiempo cerca de mis padres y supe de algunas de sus historias románticas y que había sido padre. Nunca más lo vi.

La tercera vez que me enamoré fue de P., un tipo del instituto, amigo común de otros amigos. De él recuerdo mucho más porque, a pesar de los off y on, la tontería se prolongó en el tiempo. Me acuerdo de él y su pelo larguísimo subiendo al autobús que los llevaba a Italia (que es otro país pero parecía otro continente entonces), de sentarme en su regazo una noche antes de salir a celebrar las fiestas de El Prat (cuando aún no tenía desarrollada la boviscopofobia al nivel actual), de una conversación muy dramática en el parque del Blau y de montones de clicks a lo largo de los años. Me enamoré de él y, además, lo quise después. Y mucho.

La primera vez que yo quise a alguien conscientemente me pilló por sorpresa. Se llamaba J. y había sido novio de una "amiga". Ocurrió sin más, otra vez a finales de septiembre, repartido el inicio entre el aeropuerto, los fingers y la tienda de chuminadas en la que yo trabajaba mientras empapuzaba helado y muffins. Coincidió que se juntaron la química, las ganas, la curiosidad y la casualidad. Cinco años después nos separamos y seguimos hablando a día de hoy, de cuando en cuando. De esa experiencia me quedo con la idea de que J. está para mí y yo para él, más de diez años después. A diferencia de cuando estábamos juntos, ahora hablamos en ocasiones contadas pero muy bien, desde un amor del bueno cargado de gratitud y confianza por ambas partes.. Feliz de oírle feliz.

La cuarta vez que me enamoré fue de G. y fue un despropósito de principio a fin pero sirvió para que yo diera un paso más allá. G. fue el primer tipo adulto en enseñarme a protegerme de mis deseos. Con él aprendí a ser práctica y a perder la vergüenza, a caminar por Madrid como si hubiera nacido allí, a exigirle a la recepcionista algo parecido a lo que salía en la foto y a arrastrar como si nada una maleta para abrirla dos veces en tres días. De él también vinieron las primeras disputas entre cuerpo y alma corazón/loquesea. Algo es algo.

La segunda vez que yo quise a alguien conscientemente estaba cantado. Había estado enamorada de P. de adolescente y, lo que empezó a principios de verano como un experimento entre un par de buenos amigos que jugaban a darse cariño, acabó cinco o seis años más tarde con mucho drama x2 y el triple de traumas. De aquella época aprendí que "Te quiero" significa muchas cosas y no todas bonitas, que Disney debería pagar por la alarmante cantidad de relaciones nocivas que hay y se piensan idílicas, que los padres son los Reyes Magos (SS.MM.), que el equilibrio es importante, que la mentira es el camino más fácil y el más chungo, que el respeto que ganas hoy tienes que volver a ganártelo mañana, y que, por más que cueste, aunque nos hayamos acostumbrado (principalmente por eso) hay que ponerle un final al ritual caníbal. La última vez que hablamos me sorprendió escucharlo tan de lejos.

Mis amigos no sólo no se preocupan sino que se descojonan cuando les digo que yo ya no tengo corazón, que no me queda, que ahora tengo patata. A mí, honestamente, me da cosa por aquello de que mis amistades no me tomen en serio y se partan la caja cerca de mí (que diría T. Blanco) sin que yo mueva un puto músculo facial. Menos risas, cabritos, que la patata está viva y apunta en almidón ahora que la Zoe ha aprendido, por fin, a decir "Tita" cuando me ve o me escucha. Tiene, de momento, dos tonos: el enfaducado y el amoroso. En el primer estado es como una de esas cabrillas que hace que se desmaya. En el segundo, es como un híbrido entre perezoso y koala. No podemos pedirle más a una criatura de menos de dos años. El Ian, desde que es hermano mayor, está más creativo:

- OOOaaak -onomatopeya de eructo liberado directa y felizmente en la cara de su progenitora.
- ¡Ian, jo, que me lo he comido! - dice su madre, molesta.
- Pues así ya no tienes que cenar - responde él inocente, sin un ápice de ironía, tan pancho.

Un artista, ya os digo.


A menos de un mes de cumplir 37 me doy cuenta de que todo se ha ido acelerando últimamente. Ha habido algunos enamoriscamientos y eso de "querer" ha mutado de tal manera que, a día de hoy, -alehop- quiero más, a más y mejor.  Lo escribo como si nada pero tengo la misma cara que el Ian cuando descubrió que fúbol se dice /fútbol/ en inglés también.


lunes, 7 de noviembre de 2016

CASA, ahora vivo aquí



Hace ya tanto que vivo aquí que, si ahora mismo se me apareciera un familiar de ET o ET himself, acertaría a decir "Mi casa". Acojonada pero segurísima.

El aire acondicionado y yo llevamos ya bastante peleados. Las paredes, con el tiempo, se han vuelto de color sepia.  En la foto no se ven pero hay grietas por todos lados, telarañas en algunas esquinas, polvo por tooodas partes y manchurrones con aroma de calabacín en el techo, a la entrada.

El final siempre va detrás de los principios. El orden nos salva del caos y, sólo por eso, ya hay que agradecerlo con o sin champagne, con o sin solaris tuyo, mío, para uno, para todos los dormilones... ¡invita la casa!




LE ECHAS DE MENOS (Pedro Simón)




    Le tienes delante y le echas de menos. Cuando no sabía escribir. Cuando se ponía de puntillas y sólo te llegaba hasta aquí de alto: justo a la altura del pecho. Cuando decía «'ranaceronte'» y «'nesecitar'». Cuando te tenía por alguien de fiar, por el mejor padre del rellano, por la mejor madre de la oficina, por un Jedi en vaqueros. Cuando le tirabas tiros con la pelota de espuma en el sofá del salón para que se hiciera palomitas y daba igual que se rompiera un jarrón. Porque él se rompía de risa.

    Le tienes delante y le echas de menos. Cuando te ametrallaba preguntando «¿por qué?» -durante cuatro horas seguidas, cabezón, como un Mourinho chiquitito- y no se conformaba con la pólvora de tu silencio. Cuando te venía en pijama con un cuento y te lo ponía encima como un recién parido. Sin preguntas. Porque entonces tú ya sabías. Cuando la vida era un grito y un desorden y unos cereales en concreto y una O con el rabito mal hecho y una lucha libre en la cama y un olor a Nenuco y un rayajo en la pared y tres termómetros perdidos en un solo mes y el Dalsy nocturno y siete colecciones de cromos sin terminar y un gorrito de baño como de muñeco y fin.

    Echas de menos sus rodillas sucias y que las tuyas no crujan. Echas de menos las cosquillas a traición y los sustos pactados. Echas de menos sus regalos horribles: el marco con pinzas de la ropa que no hubo huevos a colgar; un collar de garbanzos que parecía un rosario; aquel colgante-mariposa para el retrovisor que te tapaba media carretera. Echas de menos que ya se vaya acabando esto. Que hayan bajado la música. Que vayan apagando las luces. Echas de menos más.

    Le tienes delante. Míralo, sigue siendo un mocoso, todavía no ha tirado los peluches, si te esfuerzas con una buena historia todavía se caga de miedo. Pero le echas de menos. (...)

    En 'El Mago', el académico argentino Isidoro Blaisten -que fue fotógrafo de niños y decía que para escribir bien necesitaba tener cerca una espada de Sandokán de juguete- explicó mejor que nadie la pérdida que lleva aparejado el final de la infancia. En una sola frase: «Sólo los niños creen. Pero los niños crecen».

    Una casa con hijos mayores o en el trance de serlo es una casa donde se va creyendo menos. Se empieza dejando de creer en el Ratoncito Pérez y se termina descreyendo de todo lo demás.
«A veces quisiera regresar al preciso instante donde mis padres aún eran esos seres increíbles que todo lo podían», sigue Blaisten. «Mi madre desaparecía monstruos y brujas, mi padre construía castillos para mis muñecas y creaba de servilletas miles de mundos extraños y desconocidos. Pero después crecí y dejé de creer».

    Así que aquí estamos en el puerto algunos padres, muchos de cuarenta y tantos. Resignados con el viaje. Viendo partir un barco. Botando un hijo. Como ese familiar pesado que agita un pañuelo en el trance de la despedida. Como ese viejo amigo que se va a tener que conformar con recibir una postal de cuando en cuando. Cada vez más corta. Con una letra cada vez más extraña. Con un remite cada vez más lejano.

    Le tienes delante esta mañana de sábado. O de frente. O detrás. O al otro lado de esa vieja mesa de distancias kilométricas. Si estiras el brazo podrías tocarle. Y sin embargo le echas de menos.

Pedro Simón
http://www.elmundo.es/opinion/2016/02/27/56d0ab76268e3eb57f8b45c5.html

lunes, 24 de octubre de 2016

LA BÚSQUEDA DEL TESORO



Con esta cutrada, amigos, a Ian se le pasó media mañana de sábado lluvioso en un plis plas -con lo que cuesta levantarse un festivo- y aún le dura el subidón hoy lunes.

Se fue su padre a sacar a la Xena y volvió con el mapa del tesoro y una carta. No hacía falta vestir de etiqueta. En realidad no hacía falta nada más que ganas de jugar. Mira qué fácil. Y ahí nos lanzamos todos, los cinco, a lo que fuera. Saltamos a la pata coja, contamos hasta 20, rebuscamos en los cajones, imitamos animales, desafinamos con la mejor intención, garabateamos, nos sacamos fotos y, al final, vimos lo de cada día con otros ojos.

El tesoro -porque había un tesoro que buscar, como en toda aventura que se precie- se encontró y se disfrutó mucho. Las piruletas de menta, un poco menos. Lo que más, para el Ian, fue el mapa en sí mismo. Lo que más, para la Zoe, fue el fantasma que hacía ruidos que no daban miedo y que entendió como un micrófono al que cantarle sus baladas.


Y ahora vienen las preguntas, Zoan adultos: ¿cuánto hace que no buscáis un tesoro así? ¿Qué es un tesoro para vosotros? ¿Tenéis mapa? ¿Qué tal andáis de compañía?

Como adulta que soy y como adulta que trabaja con otros adultos veo -a menudo, por desgracia- cómo algunas personas crecen y se olvidan de los tesoros hasta el punto de menospreciarlos. Los reconoceréis porque son esos que se quedan callados o sentencian a la mínima señalando con el dedo al resto. En general, coinciden en tener mirada de "peix bullit" (pescado hervido) y en su nula capacidad a la hora de expresar emociones naturalmente. Sí, suelen ser los mismos que murmuran "Tesoro ni tesoro, maldita necia.. Con el día que llevo..." Correcto, esos que leen blasfemando "¿Qué mierdas se ha tomado esta pánfila? ¿Estaban de oferta los libros de autoayuda?" El insulto es fácil y gratuito. Vayamos más allá... ¿y lo bien que me quedan los puteos de P3?

Ahora de verdad. Estamos cansados/reventados/extenuados/cabreados. Lo vemos chungo/jodido/negro/imposible. ¿Me lo cuentas o me lo dices? ¿Y? ¿Nos conformamos con eso? ¿En serio?  Ni de coña. Si todos hemos hecho las cosas bien hasta el día de hoy, vosotros -lectores, Zoan- andaréis buscando o creando algún tesoro. De eso va todo, ¿no?

¡Viva la búsqueda! Ojalá la sigáis disfrutando, niños de hoy. ¡Ojos de búho bien abiertos!

Hablo por mí cuando digo que todo nos lleva a casa.



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Fantilador (de "Escrito en papelotes")


Cuatro días hace de esta foto. En serio. CUATRO. PUTOS. DÍAS. Top 3 de lo mejor de esta estación que está por acabar (en orden aleatorio):

- Playa a primera hora de la mañana infiltrada entre personas de la tercera edad madrugadoras que fardan de experiencia vital. Sé que les da por el culo un poco (bastante tirando a mucho o a mogollón) tenerme cerca porque les rompo sus trincheras en primera fila de mar. No voy a tomar en cuenta que me llamen SEÑORA (a mí, que casi me doblan en edad y les saludo y les sonrío siempre amablemente a pesar de la hora) porque es lo que les gustaría - cabrearme- Y NO. Dientes, dientes, que es lo que les jode.  Me miro al espejo y veo cómo se difuminan las marcas del bikini. Puta bida, tete. 

- La Zoe aprendiendo a andar y el Ian a levantar las cejas. Tan frustrante para ellos como hilarante para mí. Sus preguntas, sus excursiones, sus carcajadas, sus travesuras, sus mimos, sus ojazos gigantes siempre atentos. LA. PUTA. VIDA. Ya, vale, que no es novedad, que desde que soy Tita blablablablbalbalblalaslblañalksdflakshkjkdd. Que os peten.

- Cafeles y terraceos con mi marido y mi mujer. Reventados, contracturados, de baja, sin comer, medio pallá, melapelistas, milenaristas (de los de Arrabal), pollitos, feministas, encabronados, amamonados, de turisteo, moñosos... Sabiendo como sabemos que nos adoramos a muerte, hasta el bochorno es un poco más llevable estemos en el estado que toque.



Cambio de aires y todavía más calor. De tramontana a galerna en un visto y no visto. Vuelvo a las clases. Claro. ¿Adónde si no? Allí reaprendo a estar tó loker (o lórker, que es más poético), y me entero de que a Laura la tienen fritanga a base de preguntas que ni el GPS, que al Juli le picó una medusa en Madrid y a no sé quién una vez le atacó un coche. Como colofón al drama y al lokerismo que nos posee, un estudiante dice que quiere comprarse un fantilador y consigue que tres personas (en teoría totalmente cabales, en la práctica un poco menos) le den vueltas al palabro y acaben discutiendo sobre la conveniencia o no de adaptarlo a nuestro corpus lingüístico individual.

Los cotorreos, las reuniones, los mails, las llamadas, las quedadas, las sobradas, las ausencias, los mensajes, etc. nos llevan al tuit final.



Estaba mirando el armario (vale, la butaca de mi dormitorio) y me han dado unas ganas tremendas de sacar los abrigos y las mantas y taparme hasta la nariz. El deseo ha durado lo que he tardado en apagar el aire acondicionado y abrir la ventana. ¿Será esto el infierno? ¿Será el calentamiento global? ¿Será que de un verano a otro se nos olvida sudar sin blasfemar?

Campana y se acabó.

("Escrito en papelotes")

domingo, 7 de agosto de 2016

LA VIDA SIMPLE IV


Hoy es Zoan y aquí hemos venido a pasarlo bien.

Se abre la puerta y llegan a darme besos primero la Xena -con la ventaja que da tener cuatro patas y saber usarlas- y luego la Zoe carcajeándose y tambaleándose. Click.

Beso a mi hermana.
- ¿Y el Ian?
- Uy, pues no sé... -me guiña un ojo y saca la lengua.
- ¿No está? ¿Se ha ido? Vaya... Pues es una pena porque le había traído un par de regalitos...Nada, unas cosas muy pequeñitas... Bueno, jugamos tú y yo y se lo enseñamos cuando venga, ¿te parece bien?

Y aparece el Ian por el pasillo y ya no se acuerda de que estaba escondido pero sí de los regalitos y de que le he prometido quedarme a dormir y jugar a un montón de cosas. Salta a besarme y abrazarme.

- Ya te echaba de menos - me suelta, como si supiera qué está diciendo. La intención, aquí, cuenta. Click.
- ¡Anda ya! ¡Pero si me viste hace dos días!
- Ya, Tita, pero yo quiero que estés aquí todos los días y tú me dijiste que ahora no trabajas...

El día que aprenda lo que puede hacer sólo con palabras, voy lista.

Ian me preguntaba el otro día si él tendría primos y yo le contesté que, por mi parte, directamente, era muy poco probable. Íbamos los dos de camino al Mercadona a comprar los ingredientes que nos faltaban para hacer nuestro primer pastel cuando me regaló -así, a lo loco- a sus futuros hijos y a su hermana Zoe. Yo empecé hablándole de Iró y acabé explicándole cómo se extinguieron los dinosaurios.

- Otro día voy a ir a tu casa y tú vas a cuidar a la Zoe y se quedará en tu casa y así no estarás solita...
- ¡Uy!¡No! Yo os cuido a todos un rato pero a mí me gusta estar sola...
-¿¿¿Sí, Tita???
- Sí, sí. A mí me gusta muchísimo estar con vosotros pero también me encanta leer y ver películas y series y para eso no necesito a nadie, ¿sabes?
- A mí también me gusta ver pelis...
- ¿En serio?
- Tita, ¿hacemos un cine esta noche?
- ¡Claro! ¿Qué quieres ver?
- El año pasado vi el Arlo y ahora tengo súper pesadillas del Arlo...
- Ufff... pues entonces el Arlo no, yo no quiero dormir mal...
- Y otro año vi La Bella y la Bestia... ¡y me gustó mucho!


Vemos a los yayos, jugamos con el camión de bomberos, echamos carreras, cocinamos macarrones... Está intentando averiguar por qué yo no hago siesta como él. Le explico que no puedo, que me encantaría pero que soy incapaz y veo cómo me escudriña, asegurándose de que no le engaño, y me da un beso muy sentido antes de enfilar hacia su cama.
- Tita, ¿cuando yo me despierte tú estarás?
- Sí... ¿Ves esa bolsa? Pues ahí tengo el bikini y cuando tú te despiertes, nos iremos a la playa, ¿te apetece?
- ¿Te vas a quedar a dormir hoy conmigo? Porque me lo prometiste...
- Pues claro... Las promesas, se cumplen.
Y él se ríe encantado porque sabe que no le miento. Click.

Se nos pasa la tarde en ponernos los bañadores, saltar olas, ir a ver barcos y tablas de windsurf, construir castillos y decorarlos con albondiguillas de arena y conchas, mirar (yo) mal muy fuerte a un niño que será asesino en serie en unos años y súper mal (yo, again) a su madre que tiene la misma capacidad de reacción que un caracol, jugar con la Iria y ponernos de arena hasta las cejas. Mi sobrino Ian tiene una memoria imprecisa respecto al tiempo (dice año y en realidad es lunes, mes..) pero muy ajustada en otros aspectos. Todavía -por suerte- no entiende la malicia pero se parte de risa tras asegurarse de que no es grave cuando me ve cojear y me escucha blasfemar por lo bajini después de pisar un puto rastrillo en la playa.

Ya en casa, pasamos por la ducha los cinco y acabamos todos en el sofá viendo "El rey  León". Los Zoan no se saben las canciones pero, de alguna manera, sí que entienden que esta película es nuestra favorita y, aunque se caen de sueño los dos, aguantan y hasta se unen a nuestros vibratos y carcajadas. La voluntad es lo que cuenta. Click.


Cantamos a dúo estoestoesto esto. Nos reímos a coro con esto.
-  ¿Te está gustando la película? - le pregunto al moco que sabe hablar.
- Sí -contesta pensativo- y mañana les voy a decir a mis amigos del parque que la Tita se ha quedado a dormir.
Click.

Sueña algo pero no es la súper pesadilla del Arlo así que seguimos durmiendo, yo en la cama de abajo, hasta casi las nueve.

- ¿Has dormido bien, Ian?
- Sí, Tita, muy muy bien.
- ¿Sí? Yo pensaba que tenías pesadillas porque hablabas mucho y respirabas fuerte...
- No... Yo no... Igual tú has tenido pesadillas y soñabas eso - me suelta sonriendo. Click.


Odio el calor pero lo acepto cuando viene del abrazo de los Zoan. No es que cambie de opinión, es que valoro y aprecio sus muestras de cariño. Cuando alguien te quiere bien y mucho -pese al vertiguillo- hay que responder desde la conciencia de que "No quiero sudar" no es una excusa ni medio válida -tan cutre que ni se puede usar el tamaño normal de fuente- y de que, si la sueltas o te pones en un plan estúpido parecido, vas a tenerlo jodido para compensar tanto. Y ahí la llevas. niñ@.

La Zoe aporrea la puerta del baño mientras me adecento y se lanza mimosa a mis brazos en cuanto la abro. Desayunamos los cuatro tranquilamente en el sofá, bien cerquita unos de otros, bien de risas.. bien de Hakuna Matata.







viernes, 5 de agosto de 2016

Susto o muerte



- Te quiero tanto que te dejaría mojar en mi yema del huevo.

Ese es un ejemplo perfecto de querer a un nivel muy alto. Cada cual tiene su baremo y una, que es tremendista y se pone siempre en el extremo, ha llegado a la conclusión de que hay tres personas -tres y sólo tres- por las que en un "Susto o muerte" elegiría sin dudar lo segundo.

Luego hay cinco con las que me lo pensaría un momento.

Con otro poquitos habría que discutir individualmente la cuestión pero podría llegar a algún tipo de trato menos extremo. Una cosa como:
- Te cambio muerte por dolor de ovarios un año.
- ¿UN AÑO? Lo dejamos en un mes y aquí no pasa nada.
- Vale, firmo.

Con el resto -la base de la pirámide- habría como mucho un intercambio de impresiones porque el trato es recíproco y respetuoso pero no amoroso.

La cosa es que hay gente a la que uno quiere muchísimo muchísimo pero que no entrarían en la primera opción. Los quieres -repito- pero no por encima de ti. Y no hay que pedir perdón. Es-A-Sí.

Iba a hablar de los cinco pero he pensado en Rusia y me ha dado vergüenza desnudarme más.


Gastar cuidao, niños y niñas.







sábado, 30 de julio de 2016

NO ver



Hay expertos en el tema. Hay gente que camina tapándose los ojos, ajena a lo que se mueve alrededor. Da lo mismo y lo mismo da lo que hagas, no existes del todo. No es que no digan "gracias", es que ni se les pasa por la cabeza que deberían estar agradecidos porque ni lo ven. Es un colectivo acostumbrado a que las cosas sean como ellos esperan (a su manera, buenas o malas, es lo de menos) y que no contemplan más allá de eso. Es como aquél personaje que se ponía triste los miércoles porque (había decidido que) el jueves era su día de mala suerte. Y lo era, claro. Tenía que serlo, ¿no? O aquel otro que afirmó rotundamente no estar enamorado porque pesaba lo mismo. O aquella otra que tecleaba "PASO" como respuesta básica a cada una de las proposiciones que le llegaban de otro minion.

Me parece que se pierden mucho. Creo que son tan extremadamente egoístas que, al final, se quedan solos con sus teorías de mierda. Resulta lógico pensar que sus outsiders, en algún momento, deciden que ya está bien con la broma, reivindican su existencia, exponen sus demandas, exigen cambios o, simplemente, se esfuman, Estoy casi segura de que los expertos en no ver, tarde o temprano, notan las ausencias y supongo que sentirán un poco de arrepentimiento. O no. Igual cae en jueves, o no han dormido la siesta, o tienen problemas con su curro o lo que sea y ya todo tiene explicación.

Como outsider reivindico mis buenas intenciones y me reafirmo en mis pausas y en mis finales. A veces, cuando me torean, me entran ganas de dar un golpe en la mesa y ponerme muy intensa y muy muy perra. Luego pienso que, cabreándome, pierdo yo más que ellos y se me pasa. Doy el golpe en mi mesa y tacho algunos nombres si no me queda otra opción.

Desde hace cuatro años todo lo que escribo debe pasar el filtro ZOAN y esto, de momento, no tiene el ok.

1. ¿Qué es ser outsider? En este contexto, outsider es una persona que tiene vida propia y, aún así, intenta dulcificar las realidades de otros, se acopla a las necesidades de otros o las cubre, busca soluciones para problemas de otros y lo hace con facilidad, sin grandes dramas, sin perseguir la gratitud ajena, sólo porque es y lo siente así y porque, en ese presente, es lo que quiere hacer.

2. ¿Qué es no ver? Un poco como cuando llevas treinta minutos lanzando ropa a la esquina y nada te gusta y todo es una puta mierda y acabas poniéndote los tejanos y la camiseta más tirada que tienes porque sí, es como estás más cómodo. Eso es no ver. Sólo cuando alguien hace trapos de tu camiseta te das cuenta de lo que molaba, de lo que decía de ti... y la putada es que para entonces ya no te la puedes poner y echas de menos hasta sus agujeros y ya no huele a ti y ahora sí que va a ser un infierno vestirse y por eso te arrepientes de no haberla cuidado más, lavado menos, etc. Ignoran el proceso, lo flipan con el resultado.

3. ¿Quién no ve? Todos en algún momento hemos estado ciegos. A unos les dura más y a otros menos. ¿Se nace o se hace? Pues hay de todo pero creo que con el primer tipo no hay sorpresas y va todo más rápido. En el segundo caso, ese rollo estoy en una fase ombligocentrista chunga sólo puede acabar con un y yo estoy hasta el higo y más allá.

4. ¿Qué podemos hacer con los que no ven? En realidad, poco. Os recomendaría hablarlo con los que no os ven, honestamente, sin guardaros cartas bajo la manga. Si eso no funciona, sería interesante tomar perspectiva antes de dar el último paso que nadie quiere dar pero que, si habéis llegado a este punto, es necesario: Se acabó. Hasta aquí.

Al principio cuesta porque piensas que tú podrías haber hecho Y o Z para mejorar su situación pero luego ves que no depende de ti ni de lo mucho que hagas y acabas por aceptar que tener vacaciones de responsabilidad autoimpuesta te va a sentar muy muy bien hasta que veas a otra persona...


¡Ah!¡Qué revelación! Hay personas que nos ven y personas que no ven.  Muy muy fan de los recíprocos.

Y hasta aquí el tostón. La medalla, me la quedo.






viernes, 15 de julio de 2016

El poeta Halley




                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              El poeta Halley ameriza.