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miércoles, 19 de julio de 2017

The Fall (2008)



De esta peli nunca sé con qué quedarme. Véase: Lee Pace, su voz contando la historia (debería cobrar dos veces) y sus lagrimones como peras. La niña, su acento y sus carotas. Los cuatro amigos, los paisajes, la música, la Americana Exótica...

Todavía confío en que cuando no hay un Wallace, ni una mariposa, ni un amor romántico, ni misticismo, ni trucos, ni explosivos suficientes, ni ganas, ni agua, ni ceja que tocarse... vienen los elefantes para cruzar el mar, una niña (o más) con la dentadura justa para comerse gustosamente una naranja hablándote como si supiera y diciéndote dónde mirar, alguien que pone la espalda por ti, otro que corta la cuerda....  y acabas pasando de algo casi fúnebre a un rollo épico esperanzador y equilibrado.

Y hasta aquí llega la parida ociosa del día, niños y niñas. ¡Cuidarse! [Esto la RAE todavía no lo tiene contemplado pero, viendo el panorama, estará al caer]



¡Googly, googly, googly!







martes, 11 de abril de 2017

Todos conocemos el final ("Tierra de Campos", David Trueba)

 Me encanta amanecer leyendo. Lo de hoy es esto:





todos conocemos el final

Todos conocemos el final. Y el final no es feliz. Es curioso este cuento, porque sabemos el desenlace pero ignoramos el argumento. Somos visionarios y ciegos al mismo tiempo. Sabios y estúpidos. De ahí nace ese malestar que todos compartimos, esa sospecha que nos hace llorar en un día gris, desvelarnos a medianoche o inquietarnos si la espera de un ser querido se alarga. De ahí nace la crueldad desmedida y la bondad inesperada de los humanos.  De ahí nace todo, de conocer el final pero no el cuento. Extrañas reglas de juego que ningún niño aceptaría. Ellos piden que no les cuentes el final. Ignoran que conocer el final es lo único que te permite disfrutar del cuento.

Hay un  coche de muertos a la puerta de casa

Papá, y la palabra resonaba al fondo de la cueva de mis recuerdos. Papá, y era mi voz. Papá, despierta, y luego era la voz de mis hijos. Oto, vamos, despierta. Yo dormía. Y cuando duermes te sumerges en un pozo oscuro y profundo donde el tiempo es todos los tiempos acumulados. Eres entonces el niño y el adulto, todo un yo completo sin transcurso, soy Dani Mosca en trescientos sesenta grados a la redonda. Despertar es situarte en el lugar indicado del calendario, volver a la marca. Pierdes entonces el privilegio de abrazar fantasmas, de desplazarte por la autopista invisible de los sueños, donde nadie te multa porque no está limitada la velocidad y las indicaciones llevan a ninguna parte y a todas partes.

Y en la mejilla los besos de mi hijo. Ryo seguía besándome sin importarle cumplir años. Tenía nueve y daba besos de nueve años, dulces, húmedos, largos. Maya se sentó en el colchón, noté su peso cerca de los pies. Ya no me besaba tanto. Para ella los besos empezaban a ser cosa de niños.  Y no hay cosa que más deteste una niña de doce años que las cosas de niños. ¿Por qué sucede siempre así, que uno de niño tiene prisa por hacerse mayor? El verano pasado miré a mis hijos jugar felices con la arena de la playa  y pensé: ¿cuándo dejamos de hacer castillos al borde del mar?¿cuándo cometemos ese error? ¿Cuándo aceptamos la petulancia de que eso es cosa de niños? A lo mejor nunca dejamos de hacer castillos de arena al borde del agua, solo que ya no los llamamos así. Igual que por ser padres no dejamos de ser hijos.

Debían de ser las siete y media cuando me metí en la cama, en toda una declaración de que esa mañana  no iba conmigo. Y, apenas cerrar los ojos, mis hijos al oído. Oto, Oto. Cuando están cariñosos mis hijos me llaman Oto, que es la palabra japonesa para decir papá. Duermen al otro lado del jardín, en la casa, que ahora es la casa de Kei y de ellos, y que fue nuestra casa. Yo acabé viviendo en el estudio, separado, al otro lado del patio frondoso, como un invitado de larga estancia. Cuando los bohemios os divorciáis tenéis etas cosas, me dijo Petru, que es un rumano castizo y tatuado al que recurrimos para cualquier reparación. Él instaló la ducha en el estudio, la diminuta cocina, y abrió hueco para meter mi nueva cama y crear un espacio íntimo, aislado del resto de las máquinas, la mesa de mezclas, el ordenador, el teclado, las guitarras, los cables. Donde vivo.

Bohemio es una palabra que ya nadie usa, pero es perfecta para definir a quien regresa pasadas ya las siete de la mañana y se echa a dormir en un estudio de sonido sobre un futón que no levanta ni cuarenta centímetros del suelo. Ludivina, tan rumana como Petru,  nunca dejaba a los niños durante las vacaciones escolares cruzar a mi estudio antes de que yo diera signos de estar ya despierto. Pero ella no decía que yo era un bohemio. Ella me justificaba. Sabía que un hombre solo es como una pelota sin dueño.

Kei andaba de conciertos y no regresaría hasta el martes. Pero la cuestión era saber a qué día estábamos. Finales de julio, eso seguro. Cuando hay colegio, Ludivina les prepara el desayuno y los envía a despertarme. En agosto se irían a Japón, con su madre, para pasar veinte días con los abuelos en Okinawa, en las playas de Motobu, y a mí me gustaba disfrutarlos ante la perspectiva cercana de su ausencia. Ludivina nos ayuda con los niños desde hace años y se permite confidencias como asegurarme que un día Kei me lo perdonará todo y yo podré volver a cruzar el jardín e instalarme en casa de nuevo.

Nacho, que toca el saxo y se suele ocupar de los arreglos de la sección de vientos en nuestras grabaciones, dice que quien lleva a  los niños al colegio por la mañana es un puto esclavo. Pero se equivoca. Por la mañana los niños están  frescos, recién regados.  A Kei le espanta madrugar y prefiere que sea yo el que los lleve. Sabe que yo me despierto temprano, que ya nunca duermo como antes. Tengo miedo a dormir demasiado seguido, demasiado profundo.

A mi hija Maya le resulta trágico llegar tarde al colegio, así que a veces tomamos un taxi para ese trayecto que a pie no lleva más de quince minutos. A Ryo le gustan los taxis, sobre todo si llevan bandera de España colgada en el retrovisor.  A los niños le encantan las rutinas, decir y hacer las mismas cosas siempre, puede que tenga que ver con su pánico a lo imprevisible. Cuando Ryo ve a un taxista con la bandera le gusta que yo le explique el mismo cuento.

Es la historia de un taxista que lleva muchas horas al volante y de pronto ha olvidado dónde está, qué ciudad es ésta y hasta quién es él y en qué trabaja. Entonces mira al asiento de los pasajeros y los ve a a ellos, a Maya y a Ryo, a dos niños japoneses, y alarmado piensa que está en Japón, y el tipo no tiene ni idea de decir una sola palabra en japonés, entonces se agobia, porque nada agobia más a un español que dejar de serlo y de pronto, zas, ve la bandera colgada del retrovisor y se dice ah, sí, soy español, ufff, qué alivio. Este cuento, que explica por qué los taxistas llevan la bandera española colgada del retrovisor, se lo tenía que contar a Ryo en cada ocasión.. Le bastaba con señalar la banderita para exigírmelo. Yo lo contaba muy bajito para que los conductores no lo oyeran, aunque a veces por las risas de mi hijo trataban de enterarse de lo que hablábamos.

Me gusta imaginar a mis hijos cuando sean mayores. Ojalá no les desaparezca  nunca del todo la cara de niños. Son tristes las personas a las que no se les puede adivinar la cara del niño que fueron, y más triste aún esos niños que ya tienen la cara del adulto que serán.


"Tierra de Campos", David Trueba

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Fantilador (de "Escrito en papelotes")


Cuatro días hace de esta foto. En serio. CUATRO. PUTOS. DÍAS. Top 3 de lo mejor de esta estación que está por acabar (en orden aleatorio):

- Playa a primera hora de la mañana infiltrada entre personas de la tercera edad madrugadoras que fardan de experiencia vital. Sé que les da por el culo un poco (bastante tirando a mucho o a mogollón) tenerme cerca porque les rompo sus trincheras en primera fila de mar. No voy a tomar en cuenta que me llamen SEÑORA (a mí, que casi me doblan en edad y les saludo y les sonrío siempre amablemente a pesar de la hora) porque es lo que les gustaría - cabrearme- Y NO. Dientes, dientes, que es lo que les jode.  Me miro al espejo y veo cómo se difuminan las marcas del bikini. Puta bida, tete. 

- La Zoe aprendiendo a andar y el Ian a levantar las cejas. Tan frustrante para ellos como hilarante para mí. Sus preguntas, sus excursiones, sus carcajadas, sus travesuras, sus mimos, sus ojazos gigantes siempre atentos. LA. PUTA. VIDA. Ya, vale, que no es novedad, que desde que soy Tita blablablablbalbalblalaslblañalksdflakshkjkdd. Que os peten.

- Cafeles y terraceos con mi marido y mi mujer. Reventados, contracturados, de baja, sin comer, medio pallá, melapelistas, milenaristas (de los de Arrabal), pollitos, feministas, encabronados, amamonados, de turisteo, moñosos... Sabiendo como sabemos que nos adoramos a muerte, hasta el bochorno es un poco más llevable estemos en el estado que toque.



Cambio de aires y todavía más calor. De tramontana a galerna en un visto y no visto. Vuelvo a las clases. Claro. ¿Adónde si no? Allí reaprendo a estar tó loker (o lórker, que es más poético), y me entero de que a Laura la tienen fritanga a base de preguntas que ni el GPS, que al Juli le picó una medusa en Madrid y a no sé quién una vez le atacó un coche. Como colofón al drama y al lokerismo que nos posee, un estudiante dice que quiere comprarse un fantilador y consigue que tres personas (en teoría totalmente cabales, en la práctica un poco menos) le den vueltas al palabro y acaben discutiendo sobre la conveniencia o no de adaptarlo a nuestro corpus lingüístico individual.

Los cotorreos, las reuniones, los mails, las llamadas, las quedadas, las sobradas, las ausencias, los mensajes, etc. nos llevan al tuit final.



Estaba mirando el armario (vale, la butaca de mi dormitorio) y me han dado unas ganas tremendas de sacar los abrigos y las mantas y taparme hasta la nariz. El deseo ha durado lo que he tardado en apagar el aire acondicionado y abrir la ventana. ¿Será esto el infierno? ¿Será el calentamiento global? ¿Será que de un verano a otro se nos olvida sudar sin blasfemar?

Campana y se acabó.

("Escrito en papelotes")

martes, 21 de julio de 2015

ZOAN y el día libre



El NiñoBúho me cuenta que no le gusta la piscina de los grandes y que no, que no le da miedo... es sólo que no quiere ir. Yo creo que adora a mi hermana y que, justo por eso, odia tener que separarse un ratillo de su lado, claro, a saber qué cosas chulas se está perdiendo él. En la playa confirmo que el agua no le da miedo y nos dedicamos a saltar olas con los manguitos y la boca bien cerrada. Le encantan los barcos y me promete que va a sacar el dinero de su hucha y nos vamos a montar en uno. Me convence así, cómo no, para ir a verlos de cerca y nos pasamos un ratazo los dos como dos abuelos (uno con capa de Spiderman) manos en jarra oteando el horizonte, viendo cómo llegan las barcas y viene el  tractor a llevárselas a dormir porque ya es tarde y estos barquitos son pequeñitos como la Zoe.

Llevamos todo el día de subidón: columpios, escondite, pistola de agua, fideos con chipirones en casa de la Yaya, tiritas mágicas, dibujar gatos en la libreta súperchula que me ha regalado... y de remate, playa y buscar pececitos que te dan besitos en los pies pero comen verduras minúsculas que están en el agua aunque no las vemos. Lo de los peces grandes, lo llevamos todos regular tirando a mal.

- Come un trozo de melón -dice mi hermana.
- No.
- Sí.
- No y no voy a discutir - sentencia el moco de un metro.

Vamos con Zoe a la revisión de los cuatro meses y está perfecta. Se ríe todo el rato, balbucea buscando las palabras, se resiste a dormir hoy la siesta contagiada por su minúsculo mentor, llora enrabietada cuando le ponen la vacuna. El resto de tiempo, Zoe es toda ojos enormes que se comen el mundo sonriendo y con la lengüilla fuera.


"Atención, Srs. Mochuelos. Les rogamos vengan a casa de la Tita a recibir cosquillas en los pies. Tenemos descuentos en la sección "Besitos de peixet". Muchas gracias. Pasen un buen día."  Y mi sobrino se parte con la megafonía cutrona.