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sábado, 6 de diciembre de 2008

A VUELTAS CON EL PASADO V




Este hombre, que se seca minuciosamente y minutos después se observa la trompa decidiendo si es un día adecuado para imitar en el espejo a un elefante o para dibujar un par de trozos de pan que completen su perrito caliente, opta desganadamente por meterse en unos calzoncillos de cuando aún no tenía pelos en la barbilla. Choca su flotador contra la cama doble.

-¿Por qué no está la ropa limpia? Pensaba que lo ibas a hacer tú.
- Lo iba a hacer pero no he tenido tiempo. No eres adivino, y si lo fueras, lo habrías sabido y lo habrías hecho tú. Eso lo llevo en la sangre aunque tú no lo creas.

A medida que se afeita va tapando con papel de water los cortes, indignado. Sólo busca hacerme daño. Se cree que soy una hoja en blanco en manos de una experta en papiroflexia. Y sigue refunfuñando mientras unos pocos vellos, algo de polvo y algún trozo de piel se enreda detrás del cesto de la ropa sucia.




El mundo amanece del revés. Sara se desinfla. Esta mañana una bola de fuego se aproxima para impactar en su cuerpo en breve. Pitín, también fusión de rojo y amarillo, está mudo como un ratón en una esquina, en el suelo de su jaula. Todavía no se ha peinado así que tiene el pico lleno de plumas y dos líneas diminutas por ojos. Adam la abraza y es extraño. Desde la aventura de Sara en el lavabo se han estado esquivando.

- ¿Por qué te miras tanto en el espejo? Eres una presumida.

Ignorándolo Sara guiña primero un ojo, luego el otro. Se acerca al cristal. Ahora los dos. Le tiembla la barbilla.

- No me veo.
- Hay que limpiarlo.
- ... cuando era pequeña tenía una capa blanca mágica.
- ¿Eras la Caperucita Blanca?
- Ahá.

Sale al frío y se encoge bajo las capas de cebolla. Espera el autobús buscando con la mirada a un leñador que la salve de la manada de lobos que acecha en su cabeza. Junto a ella un japonés que la mira, no sabe si sonriendo o adormilado. Congelándose Sara se pregunta si el oriental rompería su código ético y la ayudaría a revivir. Suena un móvil. El japonés habla tapándose la boca. Tiene un acento impecable y no estaba dormido. La cultura se expande con el universo, los MacLeches en el Tíbet, más pobreza en la calle de al lado.



En las primeras clases de pintura que dio observó que en todos los paisajes de mar predominaba un azul brillante. Su mar, marrón, era un océano calmífico de atardecer sosegado.

Años después se volcó en la hiperrealidad. Pintar el mar con el mar, se prometió. En el ático agujereó una tela, la colgó del caballete y buscó el tono que tenía frente a sí. Firmó con su nombre, escribió el título y lo dejó allí mismo, a la intemperie. Escuchando el viento entrar por las aberturas el cuadro cobraba vida. "Ventisca helada en el exterior".

- Va a llover -le dijo una señora que había subido a tender la ropa- pero si lo metes en el cuarto toda la colada olerá a pintura.
- ¿Va a llover? ¿Está segura? - la mujer asintió.

" ... Y lluvia.", añadió.

A VUELTAS CON EL PASADO IV




Diego es sinestésico. Esto quiere decir que, por ejemplo, ante una señal de límite de velocidad sesenta, él se enfurruña:


- En boca cerrada no entran moscas. Gritona.


Cuando quise ser veterinaria, Diego puso a prueba mi cariño hacia los animales.
- ¿Operarías a un perro que te acaba de morder?
- Sí.
- ¿Y a una serpiente que se ha comido al hermano de tu pájaro?
- Mmmmm... Sí.
- ¿Y a una mosca?
- Bueno... creo que viven unos días sólo pero supongo que sí...
- ¿Y a una avispa?
- ¿Para quitarle el aguijón?
- ¡No! ¡Para afilarlo y que pique mejor!
- Ufff... ¡no!
- Pues entonces no puedes ser ni médico ni veterinaria ni nada porque tienes muchos escrúpulos y demasiadas manías.
- ¡Pero es que no me gustan las avispas!
- ¡Pero bien que te comes la miel!
- Pero eso lo hacen las abejas.
- Me da igual, tampoco operarías a una abeja porque también tiene aguijón y eso es discriminación, que lo sepas.
- ¡Pero es que no quiero ser especialista en insectos!
- ¿Por qué no? ¡Es de lo que más hay! Ahí sí que tendrías futuro... La gente te llevaría sus moscas, sus colmenas, sus libélulas, mariposas con las alas rotas... ¿te imaginas? Tú con tu pincel poniéndole polvillo de ese que se echan las mujeres en los ojos y la mariposa guapísima después con un montón de pretendientes revoloteando, encantada. Tendrías la consulta llena. ¿Te acuerdas de cuando querías un caballo verde?
- ¿Yo? No,no, yo quería un unicornio y tú querías comprarme un caballo verde.
- Bueno. No importa. Porque es lo mismo. La naturaleza, la vida, es como es. Y los caballos son caballos y no pueden ser verdes y las abejas tienen pincho y tú no debes hacer nada para cambiarlo. Antes de reparar algo tienes que asegurarte de que no funciona. Tú cambiarías el mundo de buena fe pero irías al mar negro o al mar rojo o a la playa un día lluvioso y echarías jabón para limpiarla y ya la habrías liado porque habría que cambiar todos los mapas del mundo y los marineros se perderían y no llegaría el pescado y a ver qué le echas entonces a la paella para que sepa igual.

A VUELTAS CON EL PASADO III





Esa mañana, jueves, Adam se quedó en la cama diez minutos más después de que sonara el despertador, imaginando qué cosa horrible iba a sucederle. Como es bien sabido, todos los problemas vienen en jueves porque es el día de la semana que marca el calendario como el más propicio para sentir melancolía. A veces la melancolía llega un día antes y no se va hasta el jueves, o llega el jueves y se queda más tiempo... lo que es seguro es que los jueves amanecen con un sol conflictivo y amenazante para todas las personas. Existen varias teorías referentes a este hecho constatado. Unas dicen que se debe a la proximidad del ansiado fin de semana, otros que al cansancio de los tres días anteriores, y un señor psicólogo cree que es la manera perfecta de intentar controlar lo negativo, asignándole unos días concretos. De cualquier modo, ese jueves Adam llegó a la conclusión de que algo malo estaba muy cerca, y estaba seguro porque escuchaba una voz de alarma en su cabeza que le erizaba los pelos y le encogía el estómago. Sara había salido muy temprano al trabajo, dejando en el lavamanos un rastro de pelos que Adam había estudiado con repulsión durante su visita matinal al baño. En la pantalla del ordenador una nota naranja chillón: Volveré tarde... esta noche voy a cenar con unos amigos... Te echaré de menos. Tengo ciento cincuenta y dos pestañas.

Los domingos por la tarde jugaban a contarse las pestañas. Uno elegía un ojo y decía un número aproximativo y el otro, lupa en mano, empezaba el recuento. Después de unos meses no era complicado acertar el número siempre y cuando fueran observadores en su convivencia por lo que anotaban las pestañas que habían visto en la almohada, o que habían caído en su mejilla o que habían rescatado de una muerte segura en el lagrimal.



Trabajó en sus proyectos sin obtener grandes resultados, desconcentrado y agobiado, especulando con la forma que tendría el problema de presentarse, si sería su jefe o su jefa, su madre llamando para anunciar que en la familia finalmente habían descubierto una enfermedad incurable genética, o un amigo traicionando su confianza, o un estúpido ladrón que quisiera robarle su cartera llena de telarañas a finales de mes, etc., etc.



Salió a la calle antes de su hora, sospechando del hombre que vigilaba las entradas y salidas tras la puerta giratoria. Echó a caminar decidido, las manos en los bolsillos del abrigo y la bufanda al estilo terrorista, introduciéndose entre el gentío. Paró en la tienda donde compró, tras largas disquisiciones, una docena de huevos, harina de trigo y rúcula para ensaladas. Dos veces miró la fecha de caducidad de los huevos antes de romperlos en la sartén, recelando del método seguido para determinar su frescura y dudando de que alguien observara tan de cerca a una gallina. Cada hora sentía el peligro más cerca y supo que, en esa ocasión, sería algo gordo, insalvable, algo de lo que no se podría proteger de ningún modo porque las cosas que se hacen esperar utilizan el tiempo para crecer desmesuradamente. Decidió aguardar. Fue al recibidor y se sentó en el baúl. Tenía frío. Buscó en el baúl una manta con la que taparse pero sólo encontró papeles y papeles, libros y libretas. Volvió a sentarse y adoptó la postura del descanso del guerrero, es decir, que intentó poner bien recta la espalda, dejó caer las manos en su regazo y buscó una expresión serena que cupiera en su cara.

Los segundos pasaban con cuentagotas a medida que las luces diurnas se apagaban. En la penumbra Adam afinaba el oído, convencido de que en algún momento unos pasos se acercarían al otro lado de la puerta y la sombra que acechaba le ganaría la partida definitiva. Silencio. El ruido del ascensor bajando. Silencio. Nada. Silencio. De pronto fue consciente. SILENCIO. Imposible. Se puso en pie, encendió la luz y miró a su alrededor con asombro. Nada. No estaban. Fue al dormitorio y se agachó despacio, esperando confirmar sus temores. No estaban. Incrédulo fue al comedor y movió el sofá. Tampoco. Tristeza. Vio a sus pelusas, en algún momento, quién sabe cuántos días atrás, haciendo las maletas, recogiendo sus cosillas y emigrando hacia algún lugar desconocido. Pensó que a ellas tampoco les gustaba este país y que, quizá, habían escuchado las historias que Sara explicaba del suyo y habían decidido democráticamente mudarse. Después rectificó este pensamiento funesto y decidió que estaban de vacaciones, sólo unos días, y que volverían tarde o temprano porque él no había percibido nada extraño en su comportamiento, aunque no las veía desde... desde ...

- ¿Qué haces en el suelo? -preguntó una Sara inesperada.
- Se han ido. Has sido tú. No les gusta la luz.



Discutir es complicado cuando una de las personas piensa de un modo poco racional, rayano a la locura.

A VUELTAS CON EL PASADO II




Sale del agua y busca su ropa. Al ponerse los calcetinas puede escuchar a su sobrino que le pregunta ¿Qué fue primero, tu dedo gordo o la gallina?. Esboza una sonrisa. Seguro que estará disfrutando del tiempo. Con un cubo y una pala de playa cavando zanjas, o con sus gafas de submarinista en el agua, o preguntando algo. Joan siempre tiene una pregunta en la boca. También cuando duerme. Es capaz de mantener una conversación mientras duerme, aunque entonces sólo puede decir la verdad. Para ser amigo de Joan se necesitan respuestas o, como mínimo, un tono contundente. Diego es su ídolo más cercano porque habla tanto que de una tacada responde todas las preguntas futuras del pequeño. Joan sabe que una respuesta no siempre es precisa y eso le molesta. Cuando a Sara le pregunta que cuándo vuelve él quiere saber el día exacto, y la hora, y con qué regalo. Pronto no significa mucho.


Camina hacia casa. Tengo que llamar a mi familia. Tengo que llamar. En casa posterga la llamada poseída por un arrebato higiénico incontenible. Saca el polvo, barre, riega las plantas, friega y ordena los libros y los cedés que se han ido acumulando en la mesa en la que trabaja. Los platos, más tarde. Termina tirada en el sofá del comedor; El teléfono en una mesita al lado se lo reuerda.

- Hola...., ¿cómo andáis todos?
- ¡Nena! ¿Qué tal, cariño? ¿Todo bien?
- Bien, bien, ¿y vosotros?
- Mira, pues aquí, con tu sobrino que no para quieto... te lo voy a pasar que quiere hablar contigo y se pone muy pesado... ahora hablamos, no cuelgues, ¿eh?. Ahora te lo paso.... ¡Joan! ¡Ven aquí!¡Ahora mismo!¡Haz caso a la abuela! -se escuchan carreras y risas.
- ¿Joan? ¿No quieres hablar conmigo?
- Hola. ¿Qué haces?
- Llamando, quería hablar contigo y con la mama, y el abuelo...
- ¿Con qué mama?, ¿con la tuya o con la mía?
- Con la mía.
- Es que la mía no está. La mama está trabajando. Y el papa todavía está durmiendo.
- Ahhh... bueno, también quería hablar contigo...
- El abuelo no está. Está unos días de vacaciones en el hospital y tieneee
- ¿En el hospital? ¿Qué ha pasado?
- No ha pasado nada, que está de vacaciones. Tiene una habitación muy grande con una ventana y se ve la montaña y la carretera y... y... ayer jugamos a leer las matrículas de todos los coches pero el papa dice que no tengo que hacer concursos así con el abuelo porque quiere ganar y se pone triste porque yo leo más rápido que él. Es que no tiene las gafas de lejos. Es que el abuelo ahora habla muy flojo, así, shshhsaahshsiisshasaa... ¿Y tú? ¿Qué has hecho hoy?
- Pues he ido a la playa a pasear y me he bañado.
- ¿Y qué has comido?
- He comido ensalada y pechuga de pollo con patatas fritas, ¿y tú?
- Yo he comido primero sopa y detrás una hamburguesa pero estaba roja y no me la he comido entera y el papa se ha enfadado y yo he pensado que está cansado de castigarme y lo he hecho yo mismo.
- ¿Te has castigado tú mismo?
- Sí. He leído el diccionario. El papa siempre me castiga leyendo el diccionario. Después me pregunta qué significa una palabra y yo se lo explico con mis palabras porque yo no me sé de memoria todas las palabras porque ya voy por la ce y son muchísimas.
- Muy bien, así me gusta, ¿te gusta a ti leer el diccionario?
- Psssit... Sí, pero prefiero leer libros. El papa dice que así los entiendo mejor y es verdad porque ahora me tengo que parar menos veces... ¿Dónde está Adam? ¿Puedo hablar con él?
- No está... pero
- ¿Dónde está?
- Trabajando, en el estudio.
- ¿Vas a venir pronto?
- Sí, pronto. La próxima semana no, que tengo que hacer cosas, pero pronto...
- Vale. Se me han caído tres dientes y no ha venido el ratoncito Pérez.
- ¿No ha venido? ¡Qué raro! Bueno, tendrá mucho trabajo... igual está por aquí porque he visto últimamente a muchos niños sin dientes... Ya irá, tú no te preocupes...
- ¿Y al abuelo le traerá también algo?
- ¿Al abuelo? No creo, Joan, el abuelo se ponía y se quitaba los dientes todos los días y el ratoncito Pérez no le trae nada por tramposo.
- Claro... es que eso no se puede hacer. La abuela viene, me voy a jugar. Llama más veces...
- Vale, ¿me envías un beso?
- Nena... el potro ya se ha ido... ¿Qué tal?
- Bien, bien, ¿qué le ha pasado al abuelo?
- Nada, los años... ya sabes. Los años y todo lo que ha fumado este hombre que, de verdad, debe tener acciones en las tabacaleras... Es que no para ni ahora. Todo el día tenemos que estar rebuscando en los cajones, en el lavabo.... es como un niño pequeño y sus amigos igual, que vienen los viejos, cabrones, con paquetes escondidos en las revistas, como en los tiempos del contrabando, que parece que no entienden que no pueden fumar más el hombre ya, que tiene muchos años y la salud cada día peor, y la cabeza. Hoy me ha explicado diez veces el programa ese que le gusta tanto de las preguntas y las respuestas y es que no se entera de nada y te explica las cosas mezcladas. Lo mismo el telediario. Ayer me contaba una noticia que había escuchado de un museo que han construido y decía que estaba hecho con espinas de pescado y venga a decir que le parecía increíble, que los avances de la tecnología que de todos sitios sacan provecho y tal... Total, que luego lo vi yo, aquí en casa, y de espinas de pescado nada de nada, que era un museo que habían construido imitando el esqueleto de una ballena... Ya ves como está... Bueno, ¿y tú?, ¿y Adam?

Cri-cri. El silencio como respuesta quizá no es la mejor opción pero tampoco es mala del todo y te salva de más de un marrón.

A VUELTAS CON EL PASADO I






Compartir casa, como todo el mundo sabe, es algo difícil. Adam pasaba poco tiempo en ella, sólo para dormir o cuando no tenía dinero para ir al cine o a un restaurante y alquilaba una pizza o comía una película fría, eterno en su despiste.

Cuando entraba al recibidor buscaba a tientas con la mano derecha el interruptor de la luz que se encontraba a su izquierda y maldecía, invariablemente, por el frío o el calor que le esperaba. Holaaaa, decía mirando al suelo. Hacía un reconocimiento meticuloso por todas las habitaciones, buscando indicios de un robo, o de algún pequeño olvido propio, reprendiéndose en silencio por no haber cerrado del todo el grifo del lavabo, o por no haber abierto las ventanas durante el día, o por haber dejado la lavadora encendida, o por no haber hecho la cama. Algunas noches, demasiado cansado como para preparar algo de comida, se sentaba en el único mueble del recibidor -un baúl- y observaba cómo las bolas de pelusa más atrevidas corrían a los ángulos sombríos donde las esperaba el resto de su familia, a cenar, suponía. En ocasiones contadas cocinaba algo, muy laborioso y muy calórico, y sonreía pelando patatas y limpiando puerros, pensando que todos esos minúsculos restos de comida que quedaban en el suelo serían todo un festín para sus amigas las bolas de pelusa y se las imaginaba llegando a casa, bajo la cama o bajo un sofá, fatigadas de haber recorrido el largo pasillo, el lavabo, el dormitorio, la habitación de los trastos viejos... pero contentas con su hallazgo, sabiendo que alguien cuidaba de ellas, una entidad poderosa y generosa que jamás las abandonaría. Siempre le entraba sueño después de las comidas pero le resultaba difícil dormir porque las escuchaba moverse, rodando, detrás de la puerta, silbando felizmente, hablando de hacer reformas. Por norma general evitaban encontrarse y, cuando lo hacían, se miraban fijamente un instante, con simpatía, hasta que Adam o la bola de pelusa, seguía su camino hasta encontrar una esquina en la que descansar.